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"...la violencia nace como síntesis de la angustia y de la ausencia de alternativa practicable" A. Negri.
Si yo fuera un demócrata, uno de los muchos que acuden a los llamamientos contra la violencia, si estuviera a favor de las salidas negociadas, si yo aceptara acríticamente las consignas del poder, si me hubiesen telemediaticamente idiotizado, en fin si fuera un producto del pensamiento único preparado para servir sumisa e incondicionalmente, sin duda hoy no estaría encerrado en una maldita jaula de una maldita cárcel, seguramente no habría empuñado una pistola para atracar un banco pero sobre todo no me hubiera declarado acérrimo enemigo de la organización estado y de sus servidores.
Desgraciadamente o afortunadamente, según como se mire la cosa, soy anarquista, un rebelde en revuelta permanente, un hijo de la clase obrera que con el paso del tiempo se dio cuenta de que le faltaban alternativas practicables.
Víctimas y cómplices del mañoso juego democrático a menudo nos dejamos arrebatar por la impalpable ilusión de que nuestra voluntad viene legalmente representada y respetada, nos convencemos de vivir en una sociedad multicultural, tolerante y garante de la diversidad y pluralidad de sus componentes sociales, donde cualquier idea, pensamiento, opinión encuentra su espacio para manifestarse y tal vez difundirse. No hay nada más inverosímil¡
Al gran puchero de la información tiene acceso hasta la crítica más radical, tod@s tenemos derecho a participar en la gran orgía mediática, podemos decir lo que queramos ya que en el jaleo mediático nadie escucha. No nos damos cuenta de que a causa de ese continuo bombardeo mediático donde la palabra y la imagen pierden todo su valor y significado comunicativo, nos hemos vuelto incapaces de pensar, de reflexionar, de sacar nuevas conclusiones e ideas autónomamente y sin condicionamiento interesado.
Al contrario de lo que los gobernantes de la Tierra quisieron hacernos creer, vivimos en la sociedad de la incomunicación, de la superficialidad pues cabe la siguiente pregunta: ¿puede ser la palabra instrumento eficaz y concluyente para solucionar los problemas sociales, políticos y/o económicos, puede la palabra crear más justicia social, puede asegurar un trabajo y una vivienda digna a tod@s l@s miembros de la comunidad, puede poner remedio a problemas como la contaminación del medio ambiente, la marginación, la pobreza?
Si la palabra no está asociada a la voluntad y acción subjetiva dirigida a la transformación de la realidad, nada puede hacer sino ser simple testimonio pasivo de un existente inhibido a los cambios. Por supuesto el poder, cuya única preocupación es asegurar la continuidad de la explotación del hombre sobre el hombre, no tiene ningún interés en que la palabra tome cuerpo convirtiéndose en práctica individual y colectiva, por eso la mantiene aislada en el vacío de la inutilidad.
Hace sólo 30 años se podía afirmar con absoluta convicción que las plumas hacían más daño que las pistolas, sin embargo el capitalismo ha podido recuperar y neutralizar el peligro de la palabra privándola de su significado más auténtico. ¿Qué es lo que queda pues?. Las únicas armas de que disponen los excluidos, la Resistencia y la defensa activa de cara a los continuos ataques del capital y del estado que lo administra ejerciendo la violencia revolucionaria y creando nuevas alternativas ahí donde reina la nada.
No se puede contener la lucha de clases, no hay amistad entre explotad@s y explotad@res, no habrá paz social hasta que el proletariado no salga de la esclavitud del trabajo asalariado.
Hasta que la palabra no vuelva a recuperar su legítimo protagonismo en las relaciones sociales y humanas seguiremos en la ausencia de alternativas, pero no debemos olvidar que donde hay ausencia hay deseos, y donde hay deseos realizados hay libertad, entonces hagamos realidad nuestros deseos.

Michele Pontolillo.

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